Fuck Up Night: el fracaso como aprendizaje de la dirección educativa

Hay cosas que uno solo aprende cuando se equivoca. Y no hablo de esos errores pequeños, los que se corrigen con una rúbrica o una reunión de coordinación.

Hablo de los grandes… de esas "cagadas" (fuck up!) o, incluso, de esos éxitos parciales, imperfectos, que te obligan a repensar lo que creías saber sobre liderazgo, innovación y dirección educativa.

Hoy quiero contarles tres de mis "fracasos". Y la valoración, lo sé, es radical e injusta, pues también, en muchos sentidos han sido parte de experiencias de éxito en la innovación educativa (sobre todo la primera y, también, de otro modo, la segunda). 

Tres momentos en los que creí estar siendo parte del cambio de la educación… cuando en realidad era la educación la que estaba cambiándome a mí. ¿Recuerdan la paradoja del mito de Edipo? Él, que entró en Tebas para reinar y resolver el enigma, al resolverlo comprendió que la catástrofe era él. Avergonzado, se mutiló los ojos. Yo no tengo esos gustos dramáticos... soy pedagogo y, por tanto, sé que el error es palanca de aprendizaje. 

Cuando quisimos reinventar la universidad… y la universidad nos reinventó a nosotros

En el Tecnológico de Monterrey, estuve cerca de quienes participaron en el rediseño del Modelo Tec XXI (¡Qué tiempos aquellos, mi buen Román!). Queríamos hacer historia: dejar atrás las carreras centradas en asignaturas y contenidos para construir una universidad de proyectos, competencias y retos reales. Hackear el currículum, lo llamábamos. Sonaba precioso. Menos teoría, más práctica. Menos clases magistrales, más aprendizaje colaborativo. Profesores de diferentes áreas trabajando, codo a codo, en proyectos relevantes para la sociedad. El futuro estaba allí, y nosotros seríamos sus arquitectos.

Hasta que el futuro llegó… y nadie lo reconoció. Los profesores seguían pensando en sus departamentos, los estudiantes querían materias tradicionales, y las familias pedían títulos “que sirvieran para algo”.

Nosotros hablábamos de competencias; ellos pedían certezas.

Y lo que debía ser una revolución pedagógica se convirtió en una crisis de identidad institucional: la matrícula cayó, presionada ante la oferta de otras universidades privadas, de otros destinos educativos, tal vez, más claros (más convencionales, también). 

Ese día comprendí algo que ningún congreso de innovación te advierte: cambiar el currículo es fácil; cambiar la cultura, no.

Y que la dirección educativa no consiste en diseñar modelos brillantes, sino en tejer sentido con las personas que los viven.



Cuando todos lideramos… y nadie sabía a dónde íbamos

Mi segundo fracaso llegó con la Red Mexicana de Centros de Escritura. Entonces yo coordinaba el Centro de Escritura de la preciosa Universidad de las Américas-Puebla. 

Queríamos construir una organización horizontal, sin jerarquías, con liderazgo distribuido, entre los coordinadores (casi todas coordinadoras, por cierto) de centros de escritura de otras universidades (la UPAEP de Puebla, la UAM, La Ibero, el ITESO, el ITAM, etc.). 

Todos decidiríamos juntos. Todos lideraríamos. Era el sueño freireano de la colegialidad, o, en lenguaje de Antonio Bolívar, era la puesta en marcha de una organización con un liderazgo distribuido perfecto. Estábamos enamorados de palabras como "diálogo", "participación, "comunidad". Era el placer, también, de una secreta rebeldía contra la verticalidad de las instituciones en las que trabajábamos: seríamos ejemplo de una organización transfronteriza, no gobernada por las agendas institucionales de cada quien, con una visión compartida clara: ayudar al país, México, a sus instituciones educativas, a redactar mejor. 

Y funcionó… durante las primeras semanas, meses. Hasta que descubrimos que la horizontalidad sin estructura puede ser una forma (muy amigable) de caos. Había reuniones, debates, entusiasmo…pero nadie sabía exactamente quién hacía qué, ni cuándo, ni cómo. Poníamos agendas ambiciosas... pero nadie parecía asumir el compromiso claro de hacerlas funcionar con eficacia. Teníamos muchas voces, pero ninguna dirección. 

Al final, por lo que sé, tuvieron que volver a un modelo más centralizado para avanzar.

Ese fracaso me enseñó que el liderazgo distribuido no es ausencia de dirección, sino coordinación de voluntades. Una red sin estructura no es una comunidad: es una conversación infinita. Y las conversaciones infinitas, por hermosas que sean, no producen cambio.



Cuando ganas un premio… y nadie entra a tu web

El tercer fracaso fue casi cómico. Gané el Premio NOVUS de Innovación Educativa, en el Tec de Monterrey, dos años seguidos (2015 y 2016, si no me falla la memoria). 

El proyecto: una plataforma digital para crear una comunidad universitaria de escritura académica.

Tenía de todo: diseño atractivo, contenidos de calidad, tutoriales, foros, asesores.

El sitio estaba listo… pero los estudiantes no entraron. Los profesores, tampoco. Era como inaugurar una biblioteca de última generación… sin lectores.

Con el tiempo entendí por qué: nadie habita un espacio que no siente suyo. Sin incentivos, sin vínculo con las asignaturas, sin comunidad, aquello quedó vacío. 

Aprendí que la innovación no consiste en construir plataformas, sino en activar conversaciones. La tecnología sin comunidad es un edificio sin habitantes. Quise crear un ecosistema... y al final lo que logré es sumar un desierto más a la matrix digital. 



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Tres fracasos.

Tres espejos.

Y una misma lección: liderar es aprender a escuchar lo que los sistemas te devuelven cuando intentas cambiarlos.

Porque el liderazgo educativo no se mide por los éxitos, sino por la capacidad de reconstruir sentido después del desencanto.

De hecho —y esto lo aprendí con los años— los centros educativos no fracasan por falta de ideas, sino por falta de conversación y de participación. En términos de Fred Kofman: por falta de significado. 

Hoy pienso que dirigir una institución es como escribir un texto colectivo: tú puedes proponer el tema, pero el sentido solo aparece cuando otros se apropian de las palabras.

Y si algo me dejaron estos fracasos, es una certeza sencilla: la educación no avanza cuando todo sale bien, sino cuando nos atrevemos a aprender de lo que salió mal.

Esta entrada y esta clase, por cierto, está inspirada en la iniciativa de Malena. Aquí, en su blog, pueden entender de dónde viene la idea. 

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